Tras dejar atrás la Alameda, aparecía la explanada, territorio que igual servía para reunir a los vecinos para agasajar a algunos recién casados, para despedir con honores a los finados del lugar, para ver, como una ventana al mundo, a los saltimbanquis circenses maravillando a pequeños y mayores, o como desde hacía unos años, era el lugar elegido para que con una caótica regularidad, se instalara allí una escuela itinerante que ayudaba a pequeños y mayores a saber leer y escribir. A duras penas algo rompía el tedio de aquellas callejuelas, tal vez de origen musulmán, en las que las familias se cruzaban entre ellas, siendo capaces de tener lazos de sangre todos con todos, sin caer en el pecado. Aquel día llegó gente de todo el valle. Se había corrido la voz de que atracciones de la feria ambulante iban a hacer las delicias de jóvenes y adultos (más los adultos, por el respeto que se les había de profesar), que tras la misa y la ofrenda, habría dulces para todos los visitantes, y que, como colofón a las fiestas patronales, se iba a disputar un partido de balompié entre los locales y un conjunto de la localidad vecina en aquella tarde estival. En el pueblo ya quedaban lejos los ecos del triunfo de Amberes, con Zamora y Pichichi pasando a la inmortalidad de aquellos aficionados a esta novedad que era el football. No, aquí no había títulos ni medallas en juego. Tan solo la honrilla de saber quién ocupaba la posición de honor y se ganaba el respeto de los convecinos y unos chatos de vino en la taberna del Masticao, aquel hijo de indianos que se volvió al pueblo a demostrar la fortuna que sus padres hicieron en ultramar unas décadas atrás, antes de la Guerra contra los Estados Unidos. El partido era una curiosa amalgama de olores ociosos, naturales y esforzados. Fue un encuentro jugado de poder a poder, lleno de nobleza y picardías, germen de todas aquellas virtudes que unos años más tarde convertirían a esta diversión en el monarca de los deportes. Las desvencijadas gradas estaban decoradas con sus mejores galas, puesto que la autoridad, las representantes de las fiestas patronales y la banda estaban presenciando aquel deportivo espectáculo. Allí, entre el graderío, aprovechando la muchedumbre, se escapaban las primeras caricias entre parejas que apenas unos días atrás, habían dejado la edad pueril, escondidas entre la algazara de las apuestas y el olor a bocadillos. El colorido griterío y la ensordecedora luz, se encargaban del resto, para darle el mitológico aire a aquel último partido jugado entre dos pueblos, que un tiempo más tarde, se iban a ver envueltos en uno de los más grandes desastres que ninguna generación pretérita había conocido, acabando así tanto la inocencia, como la convivencia entre gentes desconocidas pero iguales.

Foto de autor desconocido

Texto de Nacho Castañ Robles, alumno de los talleres de escritura de rodalia.net

Días de fútbol
Eivissa 1940