Almudena invitó a Jaime a su casa por primera vez desde que habían empezado a salir. Ya llevaban casi seis meses y se sintió cómoda recibiéndolo a cenar un sábado de primavera. Él aceptó de inmediato. Lo estaba deseando desde hacía semanas pero no había querido ser demasiado directo para no presionarla. Así que ella organizó su casa, la limpió a fondo y preparó el menú que había imaginado podría complacer a Jaime: rollitos de atún con salsa de arándanos y boquerones fritos con limón. Había comprado también una botella del vino blanco que tanto les gustaba a ambos y había puesto a enfriar en la nevera un postre con mucho chocolate, con canela y con frutos rojos, porque seguro que la noche lo merecería. Eligió también el vestido que se pondría para aquella velada, y los zapatos plateados que él le había regalado por San Valentín.

Jaime llegó puntual, con rosas blancas, bien peinado, recién afeitado y con olor a sándalo. Almudena lo recibió con una caricia en sus labios y un guiño pícaro y le invitó a sentarse en el sofá. La mesa estaba preparada y olía suculento. Almudena estaba deslumbrante y Jaime estuvo seguro de que esa noche consumaría sus más anhelados deseos en la cama de su novia.

Ella le pidió que abriese el vino y él, galante, le sirvió una copa y le invitó a brindar abrazados, de pie, cerca de la ventana y mirando a la estantería llena de libros. Cuando Jaime se disponía a beber de su copa, se quedó paralizado. A menos de dos palmos de sus ojos, estaba aquella foto. Aquella en la que su padre Alfonso se había retratado por última vez con el que fuera su gran amigo cuando ambos vivían en el pueblo. La foto de la que tantas historias le había contado su madre, para explicarle cómo había muerto su padre durante la guerra civil. Aquella instantánea había sido tomada en 1938. La artífice, su madre, que por aquel entonces formaba cuadrilla con su padre y con Ramiro, el otro protagonista de la foto. Alfonso con mirada descreída y uniforme republicano. Ramiro, el amigo, con casaca y con gorra militar nacional. Y uno al lado del otro pero sin mirarse. Enfrentados ya por la separación de las dos Españas. Rota su amistad para siempre, desde el momento en que Alfonso supo que su amigo se había pasado al frente nacional, convirtiéndose de ese modo en su enemigo natural.

Jaime regresó al presente y se dio cuenta de que tenía una copa de vino en una mano y el cuerpo de su novia en la otra, que lo zarandeaba casi gritándole su nombre para que volviera en sí. Finalmente regresó al apartamento y a la cena con ella y le pidió disculpas. Y no pudo esperar ni al suculento cenar, ni al seguro sexo que se avecinaba. Le tenía que preguntar por qué aquella foto ocupaba un lugar privilegiado en su estantería. Por qué aquella precisa foto. Y lo hizo. Y ella le contestó que el de la derecha era Ramiro, su padre, de quien él ya sabía que era militar de carrera, general en los tiempos actuales, y que el otro fue un amigo de infancia del que solo sabía que había muerto en la contienda.

Y entonces Jaime derramó una lágrima. No pudo retenerla. Resbaló por su mejilla izquierda y Almudena no entendió nada. Le preguntó qué le sucedía y a él se le quebró la voz. Se le cayó la copa y flaqueó su estabilidad, así que tuvo que sentarse un momento en el sofá.

Almudena se inquietó y continuó preguntándole qué le sucedía o si se encontraba mal, pero Jaime estaba en shock. No podía ser el mismo. El mismo Ramiro, el Ramiro que traicionó a su padre y lo denunció a la guardia civil, el responsable de su muerte. Pero no había duda. La foto era la misma que él tantas veces había visto en el álbum de su madre. Y cuando pensó en ella, viuda de guerra durante muchos años, criando a cuatro hijos y trabajando sin la ayuda de su marido, las lágrimas arrasaron por completo su mirada y se desplomó.

—¿Sabes, Almudena?, mi padre no murió en la guerra. Lo mataron —le dijo señalando la imagen de su padre, Alfonso—. Lo fusilaron tras haber sido denunciado por su amigo la misma noche en que lo traicionó, por su amigo Ramiro.

Y entonces supo que su amor por Almudena jamás podría crecer con el peso de esa sombra, y tuvo que levantarse y marcharse para siempre.

Fotografía: autor desconocido

Texto: Francisco Urbano, alumno de los talleres  de escritura de Rodalia.net en Benicassim

 

La primera foto
La perrita