Desde que trajimos a la perrita todo fueron problemas. Mi marido la adoraba, pero no sabía educarla. Por ella, madrugaba todas las mañanas. Cosa que no había hecho desde que se jubiló. La soltaba, cosa que tenía terminantemente prohíbida, le cambiaba el agua, y no solo le ponía pienso en el cuenco de madera roída, sino que le daba algo más de comer, una pata de conejo de la paella del domingo o los restos del caldo de pollo. Lo hacía tan temprano pensando que yo dormía y no me entaraba. Eso fue lo que peor me sentó. Le dije que quería deshacerme de ella y que buscara a alguien a quien dársela. Su respuesta siempre era la misma: “se lo he dicho a ‘tal’ y me dirá algo si encuentra a alguien”. La perra estuvo en casa dos años, hasta que un día mi marido puso cuatro camisas, dos pantalones y el reloj que le había dejado su padre en una pequeña maleta de tela, salió por la puerta trasera, soltó al animal y se perdieron juntos por la calle de la iglesia. Me hubiera gustado saber que opinaba él de todo lo que sucedió hasta entonces. Pero creo que tomó la decisión el fin de semana en el que nos trajeron a las nietas para que las cuidásemos. Mi marido me dio la cámara de fotos con una inmensa sonrisa mientras, con la otra mano, sacaba a las niñas a la calle. Nos dejó esperando y fué a por la perra. Salió de casa con el animal excitado, sin control, como siempre. Y con un cigarrillo entre sus dedos. Había empezado a fumar poco antes, y solo cuando salíamos a tomar algo o pasear. Las niñas enloquecieron con la perrita, que se dejó tocar todo lo que ellas quisieron. Nunca había visto a mi marido tan feliz. Y yo nunca me había sentido tan triste.

 

Fotografía: autor desconocido

Texto: Park Ji-soo

 

El peso de una sombra
En el cielo