En tiempos de postguerra, nadie comía lo suficiente. Los jóvenes, necesitaban saciar su estomago y se las ingeniaban entre todos para conseguirlo.
En aquel barrio había una pandilla de chicos y otra de chicas que trabajaban haciendo alpargatas de esparto. Cada grupo se reunía en una casa, los chicos en casa de la tía Ramona y las chicas en casa de Odette, -nombre francés que castellanizaron y la llamaban Odeta.
Rivalizaban por todo, pero el gran objetivo era, ver quién conseguía comida aunque fuera una vez por semana. Después de las pertinentes bromas acababan compartiéndola.
Una noche Juan, comentó a sus amigos:
Mi madre tiene una cría de conejos a punto para matar. Vámonos a mi casa, vosotros la entretenéis, yo subo arriba, salto al corral y cojo el conejo. Tú, Vicente, te esperas en la puerta y yo te lo lanzare por el balcón. Si conseguís arroz nos hacemos una paella para mañana.
José se comprometió a traer el arroz, Antonio unas judías pintas, el resto se lo cogerían a la tía Ramona que es donde la iban a cocinar.
Así lo hicieron. Pero las chicas se enteraron de su hazaña y cuando estaba casi hecha aparecieron con la pretensión de participar en el festín. Ellos no querían compartir su comida y ellas no pensaban renunciar a tal manjar. La tía Ramona los convenció para que las invitaran y al final lo hicieron.
Una vez en la mesa y todos alrededor de la paella, Juan hizo un sonido sospechoso: “miau, miau”.
Las chicas se miraron expectantes. Entonces Vicente dijo:
-¿Habéis guardado la piel?, porque no vale la pena, si no es de conejo, el peletero no la cambia.
Las chicas se levantaron asqueadas y se fueron sin comer.
Cuando acabaron, las buscaron para reírse de su broma. Estuvieron pensando donde habrían ido, siguieron su intuición y las encontraron. Estaban camino del huerto de la tía Ramona. Ella tenía un níspero a punto de madurar. Habían pensado que, aunque la fruta estuviera ácida, les llenaría el estomago.
Al verlos llegar, derramaron una lluvia de piedras y terrones de tierra sobre ellos. Todos esquivaban como podían aquel aluvión. Otra vez la tía Ramona tuvo que poner paz entre los grupos.
José sacó una cámara de fotos que había alquilado al fotógrafo del pueblo. Este se la había dejado, a cambio de un poco de arroz que él había robado a su madre. Quería inmortalizar aquel momento.
Nunca había hecho una fotografía, así es que no se dio cuenta que también fotografiaba su sombra. O tal vez, lo hizo adrede para salir él también.

Foto: Autor desconocido

Texto: Pilar Sanjulián, , alumna de los talleres  de escritura de Rodalia.net

Hermanas
El peso de una sombra