La osadía les arrancó una escapada clandestina a Francia.

Solo hacía una semana que se habían conocido, durante el rodaje en Teruel de un documental al servicio de la propaganda fascista. Nadie observó cómo el fotógrafo del pueblo y la ayudante de dirección se miraban en un mismo eje. Al finalizar el rodaje, mientras recogían los bártulos, ella le propuso unas copas en el otro bar, en el de las afueras, y él se negó por el qué dirán:

-Claro, tú no eres de aquí. Tú luego te marchas y nadie te pide explicaciones.

-Son tiempos para complicarse. Sí o no.

-No.

-Yo sí que iré. Siempre que termino un rodaje lo celebro con alcohol. Me gusta beber. Y fumar. Y más cosas. Me gusta vivir.

La decisión de vivir se impuso al miedo, tan de aquellas tierras. Esa noche corrieron los vasos de whisky en el bar de las afueras, corrieron las mentiras, las verdades, las verdades a medias, corrieron las promesas estúpidas y la ilusión de vivir en otro tiempo y lugar. Así que decidieron que cuando desapareciera la resaca, conducirían el destartalado SEAT de ella rumbo Perpignan, para ver unas estupendas películas alemanas y suecas que su amigo Jean le había recomendado. Y esto no fue una promesa estúpida. A las nueve de la mañana, agotados y mareados de tanto voltear por carreteras fantasma, llegaban a Perpignan. Allí, dos cafés, una baguette, medio queso, unas fotos para inmortalizar el desayuno, una pensión, una cama y algunas preguntas sobre quién era Jean. Después, filmoteca clandestina, fascinación, apretones de mano, algún ronquido y más preguntas sobre quién era Jean y por qué no se dejaba el pelo largo con lo guapa que estaría. Ella solo contestó a lo del pelo, con la misma pregunta que le había hecho él. Una sesión continua de cuatro películas, algunas un tanto plomizas, no apalancó sus ansias de vida nocturna, así que repitieron experiencias ya vividas durante las últimas veinticuatro horas.

Al día siguiente marcharon a la costa francesa. Ella estaba convencida de las excelentes propiedades del agua marina a baja temperatura. Por el camino se compró un bañador y una botella de pastís, el anís típico de Marsella del que Jean tanto le había hablado. Con el volante en una mano y la botella en la otra, llegaron al ansiado mar. Ella saltó del coche y corrió como un conejo al que disparaban. Él la siguió, feliz, cámara en mano, dispuesto a captar aquellos momentos para un futuro, quién sabe si con ella. Antes de meterse al agua, ella quería una foto:

-Ahora, sácame una ahora.

-Pon una mano en la cabeza, como acariciándote el pelo, y mira al frente, al infinito.

-No. Sácame una así, con esta pose.

-Con los brazos en jarro pareces una mandona, pero también estás guapa. Venga que va.

-Venga.

Cuatro días más tarde, ya en Teruel, él reveló las fotos. Cuando ella las vio, se fijó especialmente en la que le hizo justo antes de bañarse en elmar, y recordó una de las películas de Perpignan, M el vampiro de Dusseldorf, que arrancaba con la sombra nítida del perfil del asesino proyectada en un poste. En su caso, la sombra de aquel fotógrafo prolongaba su cuerpo y le apresaba los pies, los hacía desaparecer. Ella le pidió si podía regalarle esa foto para tenerla siempre presente. Él accedió, tierno y con el presentimiento de que eso era un bonito punto de inflexión en la relación de ambos.

Al día siguiente ella había abandonado la pensión quién sabe hacia dónde.

Foto: autor desconocido

Texto: Pilar Ramo de rodalia.net

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